Hubo un tiempo en el que quise ser corredor. Me entrené, iba a la plaza. Fui a la primer maratón nocturna y todo. Pero algo falló.
Pasaron los años, las maratones y mi pancita empezó a crecer. Estábamos con mi tío bukowskiano escabiando. Serian las cinco, seis de la tarde. Le conté a mi tío de la carrera a la noche. Vamos, me dijo. Y se puso una bolsa de consorcio como pechera. Pasó el rato, fuimos a jugar al quni, a comprar más refrigerios. Y cuando era la hora de la carrera, le dijimos al tio: tío, vamos a la carrera.
Qué carrera, preguntó.
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