Ni un amigo. Ni un mensaje de ningún compañero de trabajo. Esas ratas que pululaban alrededor de mis miserias y bufonerias. De los familiares solo el recuerdo de haber sido parte de otra vida. Tan lejos. Un trabajo de mierda. Por lo menos un trabajo. Rechazos de las grandes empresas…los grandes sueños…los grandes proyectos...la literatura al fondo del patio…en el piso de arriba, acalorada. La pesadilla del aire acondicionado. Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro para verme a mi mismo: como una abominable perra de las nieves en el fin del mundo, pero escribiendo. Escribiendo poesía en la ciudad de los imbéciles. Escribiendo con Mandarina en las rodillas. Escribiendo hasta que cae la noche y Shirley me pide que me vaya a acostar porque ya es tarde.
La música que sale de todas las casas a todo lo que da. En todas bailan de manera controlada. Nada pasa. No pasa nada. Nadie habla. Nadie dice nada. Nadie escucha a nadie. Nadie ve nada. Nadie lee nada.
La madrugada se asoma. La noche cerrando.
Escribiendo con un estruendo de los mil demonios en mi cabeza.
Todo lo que me importa no existe más.
Escribiendo con los mil demonios que han de llevarme al infierno, pero escribiendo.
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