Ahora que renuncié al trabajo del atolladero, véase Diario de un oficinista, empecé a fumar cigarrillos rubios. Un paquete, dos por día al principio, ahora lo multipliqué a cuatro. El paquete me dura una semana y tengo que ir a la estación de servicio. Allí me atiende una señora con olor a chicle. No digo que esté bien fumar como un escuerzo. Pensé en armármelos, así con papelillos, un poco de yerba y una caja de box. También empecé a corregir una novelita de ciencia ficción que tenía encajonada, science fiction, saiens fiction.
Se llama Un hombre huevo. Trata sobre un hombre que es un huevo. En un planeta lejano. Ya no se tiene sexo. Son todos medios raros. Juegan a un juego que es parecido al voley pero a la pelota la agarrás en vez de pegarle de una con un golpe seco. Y hay campeonatos de ese deporte, que podría llamarse badmington, pero no.
Una mañana comprando plantas se encuentra el hombre huevo con un antigüo amiguito que ahora es escritor de ciencia ficción que escribe sobre la vida en la tierra de un hombre que acaba de renunciar a su trabajo y ahora se dedica a fumar cigarrillos cada vez en mayor cantidad y a jugar un voley medio rara.
Cuando el amigo le pregunta para qué, este le contesta: para exagerar nomás. Y laburar? y ahí queda la novela. Y qué vas a hacer? y ahí queda la novela.
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