Desde que me metí en el mundillo literario, mis ojos dejaron de ver, y mi nariz dejó de oler. Esto último hizo que los libros ya no me dieran el odioso y a la vez placentero estornudo que me daban cada vez que abría alguna de sus páginas. Los libros de Julio Verne, cuanta alegría allí en esas páginas. Salgari, Sandokan. Pedro Bonifacio. La pluma de Sarmiento. Cuantas horas dedicadas a la felicidad literaria. Esa mañana llevaba justamente un libro encima de las hermanas Brönte. Cuando empecé a sentir ese aroma tan extraño en el tren.
Me desperté tarde, le dije a mi mujer que estuviera más atenta, y salí corriendo. Al llegar a la estación el tren había pasado. Tomé el siguiente. Fue tan lento como si fuera contra mis intereses. Suele pasar. Llegué tarde al trabajo. Hace poco cambié de trabajo. De un sucucho, un atolladero, pasé a una oficina. A la que le digo cariñosamente: el segundo atolladero. Voy por la oficina llevando y trayendo papeles, de acá para allá. Acomodar. Clasificar. Trabajo administrativo. Una empresa acá, otra allá. El horario laboral tarda en pasar. Comí con un compañero nuevo, quise ayudarlo un poco en su inducción. Yo comí un arroz feo. Él unas milanesas y ensalada. Al llegar a mi cubículo mi jefe se enojó, producto de eso que se llama derecho de piso, o como lo veo yo, cuidar la quintita, y como yo también en teoría soy nuevo, me mandó a juntar papeles a otra área como si me hubiese mandado afuera del planeta tierra. Al final volví a mi sucuchito. Soy covachero. Allí me quedé toda la tarde calladito. A la salida del trabajo fui a la universidad. El profesor dio cátedra. Nos retó un poco por el examen. Nos dijo textual: no pueden ser tan pelotudos, si lo vimos en clases, si se lo dije veinte veces. Fin de la clase. Al volver a la estación luego de sortear el carísimo boleto del subte, me encontré con la sorpresa de que el tren no iba a mi destino. Me tomé otro. Al bajar en la estación caminé. Como dos horas. Calles oscuras. Silenciosas. Tuve miedo. Llegué a la una de la mañana. La comida estaba tirada en la basura. Mi mujer no sabía nada de mí paradero. Cuando fui a la cama no estaba. Se había ido. Esa noche no dormi. Al otro día me levanté igual de tarde para hacer exactamente lo mismo. En el tren me dieron ganas de ir al baño.
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