Ese día caminamos como nunca antes, por calles desconocidas. Recuerdo correr como loco para alcanzar el último tren a Londres. Ni bien llegamos a la capital nos metimos en un café, donde nos atendieron cordialmente. Pero no queríamos cordialidad ni café ni medialunas, salimos de la cafetería y volvimos a caminar y caminar y caminar.
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