Era tarde e íbamos apurados. Mi papá manejaba como si fuera meteoro. Y gritaba vuelo a mierda! Vuelo a mierda! Y yo le decía si, si, acelerá, viejo, acelerá. U-elo. U- elo, me dijo. Huelo, de oler, a mierda. Huelo a mierda, me dijo. Me lo repitió como quince veces para que entendiera. Yo había estado revolcándome con el perro en el patio y me había enmierdado un poco el pantalón. Me había limpiado un poco con agua y no había dicho nada en casa. El auto avanzó a toda velocidad por la panamericana.
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