Me llamaron la atención, por fin, lo estaba esperando tanto, reconocieron mi existencia, yo, el pasante, era temprano a la mañana. Las señoras nerviosas que me explican todo sabes, se habían acostumbrado a mi parsimonia, a mi ansiedad. Ellas tan nerviosas. Pero don Flavio, mi gerente, no. Vino otra gerente a hablarme, una tal Gabi y empezó y empezó y empezó. Y yo le seguí el juego. Y don Flavio desde su pecera intergaláctica de agente 86 me gritó: che, hacé eso, contabiliza aquello. Cuando ni él sabia lo que yo tenía que hacer. Me acerqué a ver que es lo que quería realmente y me dijo, que no me distraiga esta con sus huracanes, sus abducciones. Si, don Flavio, dije. Y volví a mirar mi máquina absorto como si mirara una instalación de Duchamp. Al rato volví a ir a la pecera a preguntar algo. Y me dijo, no es con vos, es que todo esto es mucha presión. Estoy solo contra el mundo. Siento que me quieren bajar todos. Cosas del poder que no entendí.
Un señor llamado Juan que me cayó muy bien me leyó mi carta astral y me llevó a conocer a los otros (así como en Lost o como en la bodega de The Office) para darme varias revistas y un libro sobre el poder, que arranca: dedicado a mis enemigos.
Después apareció un sujeto que supuestamente viene a ayudar acá. Un tan nico. Una especie de lobo solitario como en algún momento pensé que iba a hacer yo con mis monitos los monotributistas, ivi, mi primo, una chica que el me recomendó, el inefable gabo, pero hablamos de esa falta de ética de los contadores sobre ellos. El único que me queda es ivi y prácticamente le doy aliento, gratis. No me gusta eso. Nos medimos un poco la verga, me dijo: vos como administrador sos un chanta, acá con las cuentas estás en las vísceras, sabes que, yo trabajo a la hora que quiero, cuando quiero y acá, sabes, ni vengo.
En fin, con don Flavio trabajamos juntos, es lo que más me gusta hacer. Y llegamos a una conclusión sobre la cuenta que estábamos analizando: esto no da ni de putas.
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